La casa de campo, por el contrario, había sido construida a principios del siglo XX según los planos de algunas villas palladianas, una especie de combinación entre Villa Capra Bassani y Villa Cornari. Tenía un jardín delante y una capilla en un extremo de éste, al lado de la cancela que abría el recinto.
Una de mis tías proviene de Pasarón, y allí he visitado con ella preciosas casas antiguas, con ese olor peculiar, ese color de la luz tamizada por visillos, que se refleja en los azulejos, en los antiguos calderos de bronce... Otra de mis tías es de Béjar, otro tipo de luz y de clima, y aún conservan allí una maravillosa casa antigua con una envolvente atmósfera de novela, que están ahora reformando. Recuerdo que ambas tías me enseñaron sendos jardines de casas señoriales donde ellas fueron invitadas y jugaron de pequeñas, la del Duque de Béjar y la de los Condes de Osorno
De alguna manera, el haber vivido en este tipo de espacios, rodeada de muebles, vajillas y cristalerías antiguas, con tapizados vetustos en los asientos, debe de haber marcado mis gustos; mi paladar ha sido modelado por la atmósfera donde experimenté la niñez y sus juegos, los postres familiares en porcelanas centenarias, los primeros libros, que lo fueron quizá para tres generaciones anteriores. Estas inclinaciones después determinan tanto los estudios como el ocio: así puedes apreciar como delicioso un libro de la época de Fernando VII, con anotaciones de algún tatarabuelo perdido en las nieblas de otros siglos, o apetecer siempre alguna colección museística de artes decorativas decimonónicas o dieciochescas...
Siempre buscando casas y palacios antiguos para visitar, siempre recobrando sensaciones del pasado. A pesar de lo que se puede disfrutar en un museo, la sensación de casa antigua vivida resulta especialmente grata: es otro tipo de experiencia estética.
A veces pienso que estas casas imponen una manera de estar y de comportarse. Le dan forma a la conciencia interna de los que las habitan. La relación con el espacio, los muebles y los objetos van marcando la relación con las personas, con un ritmo, con una atención, con un acento.
Todo nos va dando forma: la literatura que leemos, la música que escuchamos, el arte que ocupa nuestra imaginación y también, claro está, la gente que nos rodea. Lo curioso es que sospecho que los edificios y los objetos también nos van modelando. Y cuando en nuestros viajes visitamos lugares, reconocemos como propios algunos ambientes, aunque sea la primera vez que los veamos. De alguna manera hay una conexión invisible que percibimos. A pesar de que ni la casa ni la familia sean las nuestras, reconocemos una manera común de estar, vivir y saborear.